Asunta Basterra, la niña que sabía demasiado

Se inició el juicio contra los padres de la malograda niña Asunta Basterra Porto, niña de doce años, encontrada muerta en una pista forestal del municipio de Teo, en La Coruña, el 22 de septiembre de 2013. Tanto Rosario Porto, la madre de Asunta, como Alfonso Basterra, el padre, están acusados de la muerte de su hija que, en este mes, habría cumplido 15 años.

En los prolegómenos del juicio que se celebra en los Juzgados de Santiago de Compostela, con jurado popular, como en los interrogatorios a la madre, su abogado defensor, igual que la abogada del padre, han retado a la fiscalía y a la acusación particular a que, durante la vista del juicio, intenten probar el móvil que, según ambas acusaciones, desencadenó un crimen tan horrendo, así como las razones que llevaron a los padres de la niña a matarla cuando estaba comenzando a vivir. Los abogados han recordado que, en primer lugar, la leyenda urbana se deslizó hacia el camino de la herencia que los abuelos maternos habrían dejado a Asunta y no a su madre. Esa versión se desechó pronto y, posteriormente, se aquilató la que decía que el asesinato fue consecuencia de la decisión de ambos padresque percibían como un estorbo la presencia de su hija Asunta para las reiniciadas vidas de cada uno de ellos.

El juicio y las pruebas que en él se están practicando dirán si padre y madre fueron los autores materiales de semejante horror. Da la sensación de que los argumentos que se esgrimieron en su día para entender tal crimen no se tienen en pie desde la óptica de personas normales y con un cierto nivel de preparación (el padre es periodista y la madre, abogada). Nadie en su sano juicio mata a una hija porque le estorbe o porque haya sido la depositaria de una herencia más o menos cuantiosa. Se conocen casos de hombres que matan a sus mujeres, de hijos que matan a sus padres, pero son muchos menos los casos conocidos de padres que matan a sus hijos.

La literatura grecolatina nos ilustra sobre esa rara circunstancia en Medea, esposa de Jasón, que mató a sus hijos con el fin de vengar el ultraje que le infligió su marido al casarse con Glauce, hija de Creonte, rey de Corinto. También la Biblia contiene un pasaje en el Génesis, tal vez de los más conocidos, donde el patriarca Abraham decide matar a su hijo Isaac en el Monte Moriá. En esta ocasión, el móvil fue el mandato divino, que Abraham se aprestó a obedecer con un enorme dolor.

En el caso de Asunta, no parece que la madre hubiera decidido matar a su hija, como hizo Medea, para vengar humillaciones de su exmarido; tampoco se sospecha que el padre, víctima de algún alucinógeno, se decidiera a matar a su hija por mandato divino. Si no hubo locura ni alucinación, ¿qué razones podrían haber tenido esos padres para convertirse en asesinos de su hija?

El abogado de la madre de Asunta dijo en el juicio, tratando de desmontar el móvil de que la niña estorbaba, que “Llegado el momento podía haberle dicho al padre que se hiciera cargo de la niña, o podía haberla mandado a un internado en el extranjero, si lo que quería era iniciar una nueva relación en su vida”. A los pocos días de la muerte de Asunta, determinada prensa, dedicada a especular con la vida de ambos padres, informaba de que una prima segunda de la madre de Asunta Basterra, cuestionó la muerte natural de los abuelos maternos de la niña. “Su madre murió repentinamente; su padre murió repentinamente; al ver lo que hizo aquí, tuvo que matarlo ella”, sentenció la prima sin aportar ni un solo dato o indicio que le permitiera llegar a semejante conclusión.

Si alguien pretendiera hacer una novela o una película sobre este extraño, lamentable, horrible y espeluznante caso, tomaría por cierto la acusación de la prima hermana de la madre de la niña muerta y concluiría el relato condenando a los padres de Asunta por el asesinato de su hija que, debido a su alto coeficiente intelectual, fue capaz de averiguar que la muerte de sus abuelos fue urdida por su madre y por su padre. La niña sabía demasiado según pudieron averiguar los padres después de drogarla en varias ocasiones y hacerla hablar de lo que sabía sobre el final de sus abuelos.

Pero eso solo sería una película. Y aquí estamos ante un caso que dilucidará un jurado popular. Si cuando no hay pruebas concluyentes debe ser dificilísimo emitir un veredicto por un Tribunal de magistrados profesionales, imaginemos las películas que deben pasar por las cabezas de un jurado aficionado.

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