Consumir polifenoles activa el gen antienvejecimiento

 

La maquinaria para ganarle años a la vida va cogiendo velocidad a pasos agigantados, pero el verdadero antienvejecimiento empieza desde el interior de cada uno. Por ello, una de las claves más importantes a la hora de vencer la batalla a las agujas del reloj biológico reside en alimentarse bien. Éste y otros temas se abordaron en el marco del 14º Congreso de la Sociedad Española de Medicina Antienvejecimiento y Longevidad (Semal), celebrado esta semana en Madrid. «Nuestras células pueden inflamarse a raíz de lo que comemos: esta inflamación celular es la razón por la que engordamos, sufrimos determinadas enfermedades y envejecemos antes. Cuando reducimos esta inflamación estamos estabilizando los niveles de glucosa en sangre, eliminamos el exceso de grasa corporal y mejoramos nuestra energía física y agudeza mental», explica el doctor Barry Sears, presidente de la «Inflammation Research Foundation» e investigador del Instituto Tecnológico de Massachusetts y de la Facultad de Medicina de Boston, en EE UU.

En este sentido, los polifenoles juegan un papel destacado. Presentes en las frutas, las verduras, el café, el aceite de oliva, el chocolate o el vino tinto, según Sears, «son las sustancias químicas que dan color a frutas y verduras, y que pueden activar el gen antienvejecimiento (SIRT-1), ralentizando así el proceso de envejecimiento y siendo, por tanto, la mejor medicina para combatir la obesidad, las enfermedades crónicas y la inflamación del cerebro». El poder de los polifenoles se encuentra no sólo en la cantidad que consumimos, sino en la que absorbe nuestro cuerpo, y sólo a dosis altas actúan como antioxidantes y antiinflamatorios, ayudando a alargar la vida significativamente. «Hay que comer mucha más fruta y verdura de la que normalmente se consume, por lo que la utilización de suplementos de polifenoles concentrados puede ayudarnos, en ocasiones, a solucionar este problema», matiza Sears.

El secreto para hacer de nuestra alimentación la mejor medicina se encuentra en «un equilibrio entre hidratos de carbono, proteínas y grasas, y un aporte adecuado de vitaminas y minerales», afirma la doctora Mercedes Larru, especialista en Nutrición y Dietética del Centro Clínico Zurbano de Madrid. De acuerdo a esta recomendación, respecto a los hidratos de carbono «conviene que posean un bajo índice glucémico. Este índice mide cómo los carbohidratos elevan la glucosa en sangre. Es recomendable elegir alimentos como verduras (tomate, alcachofas, coliflor), frutas (manzana, ciruela, cerezas, pera), cereales como el centeno o la pasta integral y legumbres (lentejas, judías y garbanzos). En cuanto a las proteínas, «debemos cuidar su calidad asegurándonos que nos aportan todos los aminoácidos esenciales que nuestro organismo no puede fabricar por sí mismo y, al mismo tiempo, que sean pobres en grasas saturadas. Carne de ternera, pollo, pavo; los pescados, los mariscos, los huevos y los lácteos bajos en grasa son la mejor opción», recuerda Larru.

«Es esencial cuidar el tipo y la cantidad de grasa –advierte la experta–. Los ácidos grasos poliinsaturados presentes en aceites vegetales y en pescados blancos y azules, deben ser imprescindibles en nuestra dieta. Hay que destacar el papel de los ácidos grasos esenciales omega 3 y omega 6 que nuestro organismo no tiene capacidad para fabricarlos y debe recibirlos a través de los alimentos. Por último, el exceso de consumo de grasas saturadas (carnes con grasa, quesos curados, mantequilla) puede perjudicar gravemente el organismo».

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