Del plató al mitin de la mano de «Inés»

Nacho Martín Blanco (Barcelona, 1982) es un hombre bregado en mil tertulias y ha llegado a la política de la mano de Inés Arrimadas, «que me convenció en una comida, aunque la relación con Ciudadanos viene de lejos con Carina Mejías o Juan Carlos Girauta». No parece que Arrimadas tuviera que esforzarse mucho: «Dije que sí sin pensarlo». Y lo reconoce, con un cierto rubor, «conozco muy bien el programa de Ciudadanos, pero sucumbí a los encantos de Inés. Es una líder que ha crecido mucho y la veo con opciones reales de ser presidenta de la Generalitat. Estamos en puertas de un vuelco electoral histórico».

La «droga» de la política le corre por las venas y finalmente se ha decidido a dar el paso, compaginándolo con su papel de joven padre de tres chavales que le dan noches insomnes. Reivindica voluntad de conciliación y ejerce con vocación de padre: «Intentaré pasar con ellos todo el tiempo que pueda, y más ahora que ha nacido –lo dice con una sonrisa de oreja a oreja– mi primera hija». Es tímido y educado, aunque no se arredra ante adversarios más vehementes. Está convencido del paso dado porque cree firmemente «que ahora es el momento de darlo. Es un momento complejo porque los independentistas han logrado la fractura de la sociedad catalana. Quiero aportar mi grano de arena».

Este licenciado en Ciencias de la Comunicación y Ciencias Políticas ha sido un habitual de los platós televisivos y de los estudios de radio durante el «procés», y un látigo irredento del independentismo, sobre todo en el ámbito judicial. «Lo peor del procés ha sido la degradación de la Justicia», dice. Es un hombre siempre moderado en sus apreciaciones, aunque pierde este talante en su nuevo uniforme de candidato: «Podemos dar un vuelco a la situación. Estamos ante una legislatura en la que los constitucionalistas aportaremos soluciones y gestionaremos, de verdad, los verdaderos problemas de los catalanes».

«La mayoría quiere hablar, y muchos independentistas están reconsiderando su posición. Ya saben que la secesión ha sido una farsa y, sobre todo, que no es un mal camino para Cataluña. Necesitan un cambio político, aunque no lo reconozcan en público», concluye apelando «con urgencia al diálogo, con reformas constitucionales, con un nuevo sistema de financiación –poniendo en cuestión el Cupo vasco, apunta– y con un gobierno leal al proyecto común esto será mucho más fácil». Se le nota incómodo en su papel de candidato. Es su bautismo de fuego y suda sólo de pensar en «los mítines, porque no estoy acostumbrado y no quiero fallar. Mi zona de confort son los debates. El mitin es mi perfecto desconocido. Me apetece, pero no será fácil. No seré ni Albert Rivera ni Miquel Iceta».

Ha hincado codos y conoce el programa de su partido y de su candidata, pero tiene su peculiar forma de ver las cosas. «El catalán es menos independentista que sus líderes. El 21-D no tendrán mayoría en votos y estoy convencido de que tampoco en escaños». Destaca el hastío de la sociedad catalana por un largo «procés» que se ha demostrado «sustentado en la farsa, en la mentira, en el menosprecio de la Justicia».

Aprovecha el resquicio para hablar de su tema favorito, la Justicia, la democracia constitucional en nuestro país, y para dar una lección a este periodista, digna de un máster de final de carrera, porque «hay que recuperar el «Estado de Derecho, ¡que no es una arbitrariedad!». Se declara liberal y de centro reformista, ensalza la figura del presidente del Gobierno durante la Transición, Adolfo Suárez, sin olvidar al socialista Jordi Solé Tura. «Los admiro. Los independentistas o Pablo Iglesias los detestan, porque detestan el espíritu consensual de la transición». Acaba la entrevista y se relaja. Es como si hubiera pasado un examen. Es su nuevo reto.

Source: NGT

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