El dilema de la Caravana: pedir asilo o saltar el muro

Un palmo separa cada uno de los barrotes del muro fronterizo. La distancia justa para ver qué sucede al otro lado. Por ahí Manuel Morales, de El Salvador, mete la pierna y levanta un poco de arena con su pie. «Estoy pisando suelo americano», ironiza. Observa a la decena de policías ataviados de uniforme camuflado y escopetas que custodian la valla. «Nunca creí que me iba a topar con tanta migra. Hay muchas patrullas. Se nos está poniendo cada vez más complicado», asegura este hombre de 35 años.

A su alrededor también pegados a los barrotes decenas de centroamericanos elevan la mirada para comprobar los ocho metros de altura de esa barrera. Un par de ellos se encaraman ante la riña del resto a gritos: «¡Bajen que nos van a perjudicar a todos!». La consigna de la Caravana de migrantes es emplear la vía pacífica y legal. Pero algunos como Manuel (varón viajando sólo), saben que para ellos no hay opción. «Deseo ver cómo se va a poner esto, si van a venir más compañeros, porque aquí nos toca brincar todos a la vez», señala.

Conoce bien las consecuencias de ser atrapado. Ya lo han deportado cinco veces tras detenerlo en la frontera y otras dos una vez dentro, la última hace dos años después de vivir once años en Houston, donde le esperan su esposa y sus dos hijos. Lo expulsaron por ir ebrio en la calle. Los primeros 400 migrantes en llegar a Tijuana se asentaron en la playa, el punto más al oeste de la frontera entre Estados Unidos y México. La culminación de un mes de duro camino que algunos terminaban con un «selfie» frente al mar y otros orinando entre los barrotes «para darle a Trump lo que merece (sic)».

El final de la peregrinación despertaba sentimientos encontrados entre la alegría de alcanzar la meta y la sorpresa por las dimensiones y seguridad del muro, donde todo el día trabajan operarios estadounidenses para colocar alambres. A esa playa llegaron la noche anterior un grupo de vecinos mexicanos que atacaron con piedras a los migrantes, que respondieron con lanzamiento de objetos. Una batalla campal sin heridos, pero que obligó a las autoridades a reubicarlos en el polideportivo Benito Juárez, habilitado como albergue, donde hasta ayer ya se habían instalado más de 2.000 centroamericanos. La otra mitad de la Caravana se espera que llegue en las próximas horas.

El contingente aceleró su avance y en apenas dos días recorrió unos 2.000 km gracias a los buses facilitados por los entes estatales. La precipitada llegada ha desbordado a la ciudad. El albergue apenas cuenta con comida suficiente y no les han entregado ningún útil para protegerse del húmedo frío costero. Algunas familias pernoctan bajo tres carpas mientras la mayoría duermen a la intemperie cubiertos con los colchones y mantas que pudieron cargar desde la capital azteca.

«Sé que no es fuerza que le den comida a uno, pero nos están dando puro frijol molido como si fuésemos chanchos. Ni modo, hay que comer para no morirnos de hambre. Igual que aguantar frío», se queja Miriam Celaya, que viaja desde Honduras con sus dos hijas de 4 y 11 años. La mayor, sordomuda, para la que quiere encontrar una buena atención en EE UU. La falta de alimentos acentúa la desesperación y cada tanto algunos salen corriendo para llegar los primeros a los pocos coches particulares que se acercan a dejar alguna ayuda. Las autoridades reconocen que se han visto sobrepasadas. «No estábamos preparados para esta contingencia (…) Vamos a ir aumentando la capacidad a medida que tengamos apoyo del Gobierno federal», afirmaba a LA RAZÓN el encargado de gestionar el albergue, Mario Osuna, secretario local de Desarrollo Social.

«¡Algunos ansiaban avanzar para ver la frontera ellos mismos. Ya la vieron. Ahora hay que tener paciencia!», vociferaba Irineo Mújica, representante de Pueblos Sin Fronteras, la ONG que promovió la Caravana. La opción predominante es la de pedir asilo en EE UU, aunque en algunos corrillos los más jóvenes ya tramaban la forma y lugar de saltar el muro. «Quién entre de forma ilegal no tendrá posibilidad de solicitar asilo y lo deportarán», advierte a este diario Mújica sobre una de las nuevas medidas del presidente norteamericano, Donald Trump, para endurecer los requisitos de refugio.

Algunas familias se dirigían al puente fronterizo peatonal entre Tijuana y San Diego, donde un grupo de voluntarios los asesoraba para iniciar el trámite de asilo y ya ha registrado a unos 800 solicitantes. Una vez anotados el proceso puede durar más de dos meses. En la ciudad ya hay varados unos 2.500 migrantes previos a la llegada de la Caravana que esperan desde hace semanas culminar su trámite. Dependiendo el día, Estados Unidos deja pasar de 30 a 90 personas. En los próximos días se planeaba organizar una marcha hacia ese paso fronterizo para exigir la agilización del proceso de asilo.

«Si vamos a tener que esperar mucho, nos va a tocar trabajar, porque si no, no hay forma de mantenernos. Aquí no nos ayudan. Estamos durmiendo bajo tremendo frío, hay que alimentar a las criaturas», apuntaba el hondureño Eduardo Espinel, que recién se había inscrito para el trámite junto a su esposa y sus tres hijos.

Las autoridades locales insisten en que Tijuana tiene la capacidad de acoger a los centroamericanos el tiempo que sea necesario, así como integrarlos si se quedasen. Siempre repiten el mismo ejemplo de los 3.000 haitianos que viven desde hace un año en la capital de Baja California tras no poder cruzar al norte junto al resto de sus 20.000 compatriotas. De momento, tanto las condiciones brindadas como el rechazo de los tijuanenses distan mucho de la solidaridad en todo el trayecto. Una hostilidad que acentúa el nerviosismo entre los migrantes ante su crucial dilema: esperar el asilo o abalanzarse al muro.

Source: NGT Internacional

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