El Gran Capitán, un héroe español en el olvido

 

Hoy, a las puertas de conmemorar el quinto aniversario de la muerte en Granada, el 2 de diciembre de 1515, de Gonzalo Fernández de Córdoba, conocido como El Gran Capitán, es un buen momento para revelar al público cómo era en verdad, para tener acceso de una vez por todas a la personalidad de un español universal.

Un hombre que se convirtió en espejo de virtudes castrenses y políticas para generaciones de europeos educados en el humanismo y en lo que Baltasar Castiglione consideró los valores del «cortegiano». Un compatriota que convirtió la responsabilidad en su razón de ser y el arte de la prudencia en su divisa; que vivió en tiempos de los Reyes Católicos, a los que sirvió con esmero y en cuyo reinado cooperó con su magnífica gobernanza. El Gran Capitán alcanzó así la inmortalidad.

Me ha sido muy gratificante seguir los detalles de su vida en un libro desde sus primeros pasos en Montilla, donde nació en el seno de un familia de la aristocracia andaluza de la frontera hasta su ejemplar carrera de armas en Italia y su injusto final.

Su perfil de hombre del Renacimiento educado en los ideales de la caballería, atractivo, de porte elegante y donosos modales; discípulo aventajado de su primo Fernando el Católico, quien le enseñó la importancia de escribir cartas y el sentido de la diplomacia internacional, buen militar en la guerra de Granada comenzada en 1482, entusiasta de los pasos de armas, galanteador de damas, comenzando por su segunda esposa, María Manrique; asiduo a las reuniones de palacio y fiel a la amistad, como probó en sus relaciones con el rey nazarí Boabdil, antes y después de abandonar la Alhambra.

Pero es imposible comprender su figura sin acceder al escenario de sus triunfos, al Reino de Nápoles a finales del siglo XV, inmerso en una profunda crisis tras la invasión del Ejército francés al frente de su propio rey, Carlos VIII, al que los cronistas comparaban con Alejandro Magno. Su llegaba a la ciudad de Mesina, en Sicilia, le transformó en algo más que un comandante militar al que se le había dado la misión de defender el «Faro», como se denominaba al Estrecho de Mesina: le hizo entrar en la gran Historia de su tiempo. Y lo aprovechó.

Cuando Juana, hermana de Fernando el Católico, en su calidad de reina viuda de Nápoles, le describió la situación en el reino tras la invasión francesa, Gonzalo supo de inmediato que lo único que podía hacer era adelantarse a los acontecimientos. No esperar a ver cuál sería el siguiente paso de los franceses, sino ir a buscarlos en su terreno.

Matizaba así las órdenes recibidas, que indicaban que su misión era defender el Estrecho; pero no las desobedecía porque en ellas no se decía cómo debía realizar dicha defensa. Se trasladó a Calabria, y allí tuvo un primer bautizo de fuego en forma de derrota (fue la primera y sería la última) cerca de la ciudad de Seminara. Y allí también tuvo la revelación que cambió su vida. Gonzalo supo desde ese momento que el moderno arte de la guerra sería su fuente de inspiración. Organizó el cuerpo expedicionario creando una unidad táctica, la coronelía, de enorme eficacia y movilidad, embrión de los Tercios españoles; planeó con todo detalle las campañas mediante un juicioso equilibrio de las tres armas del ejército, artillería, infantería y caballería; logró triunfos tan inesperados como espectaculares con los que consiguió restablecer en el trono de Nápoles a sus legítimos reyes y para él el título que con orgullo le dieron los soldados de «Gran Capitán».

Logró la fama que en esos años era la antesala de la eternidad: convenció al dogo de Venecia y al Papa para obtener el mando del cuerpo expedicionario preparado para enfrentarse a la invasión otomana en el Adriático y venció a los jenízaros en Cefalonia, y finalmente se preparó a conciencia para llevar a cabo las campañas que culminaron en la batalla de Ceriñola y en las jornadas en el río Garellano. Fue nombrado virrey de Nápoles, donde tuvo sentimientos encontrados por su resistencia a cumplir la orden de expulsión de los judíos que Fernando el Católico le requería ejecutar. .

Su sentido del deber en conflicto con su sentido de la honorabilidad se convirtió en el quid de la cuestión en esos días. Se enfrentó a Fernando en 1507, siendo cesado de su cargo de formas fulminante y enviado a España con pretextos que demostraron la ingenuidad de este hombre ejemplar, incapaz de creer en un engaño de su propio rey. Fue Quevedo quien rescató ese perfil de Gonzalo Fernández de Córdoba al mostrar su caso como un ejemplo de tantos otros españoles incomprendidos cuando en la cima de su popularidad pueden hacer algo para cambiar su país de forma positiva.

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