Jacobino irredento en operación zarina ofendida

La sesión del control al Gobierno, como cada miércoles, levantaba expectación. La pregunta de Casado a Pedro Sánchez fue el aperitivo. Nada se salía de lo normal. Dureza en el tono y en las formas. Nada que ver con la pregunta de Pablo Iglesias y, ni siquiera con la de Carles Campuzano, el líder del PDeCAT. Todo se desarrollaba de acuerdo con el guion establecido. Dolors Montserrat volvió a estrellarse contra el muro de la vicepresidenta. La cosa parecía que decaía, pero llegó Gabriel Rufián, el enfant terrible de ERC que se las tiene con todos. Incluidos los sillones de sus señorías.

Enfrente Josep Borrell, ministro de Exteriores. La primera andanada de Rufián incendió el hemiciclo. Borrell, no se arredró. La cosa ya no iba de cruce de florete, la cosa estaba en cruce de navajas. La presidenta del Congreso reprendió a Rufián. Hasta tres veces. El díscolo diputado independentista se subió en su propia montaña rusa buscando su expulsión. Era su minuto de gloria.

Ana Pastor se plantó y expulsó del hemiciclo a Rufián. Los diputados de su “pandi” le secundaron. Ya tenían la noticia del día aunque habían enfangado de nuevo la cámara de la soberanía popular. En fila india pasaron delante de Borrell, que se mantenía de pie. Jordi Salvador, diputado por Tarragona y secretario general de la UGT en esa demarcación, miró con odio a Borrell. El ministro le mantuvo la mirada, también cargada de odio. No estaba dispuesto a ser humillado. El cruce de miradas, como cuentan compañeros de escaño del ministro, fue tenso. Unos segundos que parecieron horas. Ninguno estaba dispuesto a ceder. Salvador simuló escupir a su adversario. No lo hizo, pero el gesto ha quedado para la historia negra, barata y cutre de la cámara baja.

El ministro, lejos de bajar la tensión como miembro del gobierno, aprovechó la situación. Levantó la bandera de “jacobino irredento”, como lo bautizó Joaquín Almunia en las lejanas primarias socialistas de 1998, y puso en marcha la operación “zarina ofendida”. Los suyos se quedaron sorprendidos. Repudiaron a Rufián por sus formas, pero no le hicieron el juego a Borrell. Adriana Lastra, la portavoz socialista, criticó el espectáculo, aunque se zafó del “escupitajo” fantasma. El presidente, motu propio, salió en defensa de Borrell por “soportar palabras y gestos inaceptables”. Ana Pastor, Pedro Sánchez, estuvieron a la altura. Otros prefieren el fango porque desde el fango se llega mejor a los más bajos instintos y menos a la razón.

Source: NGT

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