La batalla del Congreso más cruda

Estados Unidos acudía a las urnas dos años después del sorprendente triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales. De aquel noviembre de 2016, que fulminó la carrera de Hillary Clinton a este 2018, cuando el Partido Demócrata aspira a restaurar parte de la musculatura perdida, hay más de 700 días de tensión política multiplicada.

Por si fuera poco, llovía. Llovía en Nueva York y en Florida, en Boston y Pensilvania, en Ohio y Nueva Jersey, y los expertos desempolvaban los estudios que relacionan precipitaciones y afluencia a los colegios electorales. Tradicionalmente la lluvia mejora los resultados de los republicanos, repetían en periódicos como el «New York Times». Pero sonaba a venda sobre la herida. A un intento de aplicarse ungüentos preventivos. No fuera que la anunciada ola demócrata quedase en nada y Trump despellejase vivas las últimas opciones de sus rivales.

Así y todo resultaba casi imposible establecer predicciones. Ciertamente los sondeos especulaban con un Congreso demócrata y un Senado republicano. O como explicaba Harry Enten en CNN, parece que al final del día todos sonreirían más o menos satisfechos.

De hecho, la última encuesta de la cadena daba 227 escaños en el Congreso a los demócratas y 208 a los republicanos. Pero muchas de las circunscripciones anunciaban luchas tan enconadas, resultados tan ajustados, que no chocaba encontrar mensajes contradictorios. Cada cual, cada candidato y cada equipo de campaña, claro, pensando en lo que pudiera beneficiarles. No sorprendió por ejemplo que Beto O’Rourke, el candidato demócrata que aspiraba a derrotar a Ted Cruz, presumiera delante de los periodistas, nada más votar, que estaba convencido de que obtendría un triunfo histórico. Un optimismo que chocaba con las encuestas, que situaban por delante al republicano, pero que tenía sentido. Sobre todo después del bestial revés de credibilidad que sufrieron los estudios demoscópicos hace dos años.

Cuando el «New York Times», con un modelo matemático que computaba cientos de encuestas, daba un 93% de posibilidades de Hillary por el 7% de Trump. Después de aquello cualquier sorpresa parece menos loca.

Nadie supo interpretar, por ejemplo, si la vertiginosa subida de la bolsa de Wall Street, más de 150 puntos en las primeras horas, apostaba por el triunfo demócrata o por la consolidación del poder de Trump. O si acaso los inversores preferían que las cámaras se repartan entre los dos partidos. Lo que no remitía era la ira. Como reflexionaba Susan B. Blasser en la revista «New Yorker», hace dos años todo el mundo especulaba con la hipótesis de que, una vez en el poder, Trump atemperaría su discurso. Caería la máscara del odio, la mascarada del enfrentamiento guerracivilista, y volverían a tenderse los viejos puentes y compromisos, los contrapesos y pactos que gobiernan las relaciones políticas. Todos o casi todos los comentaristas daban por seguro que la retórica electoral no impediría que el nuevo presidente tendiera su mano a quienes votaron en contra y se esforzara en ser el presidente de todos. «Bien, no importa el resultado, nadie hará esa pregunta este año». En opinión de la columnista, la única certeza postelectoral habla de un enfrentamiento si cabe aún más violento.

Las dos cámaras en manos demócratas hablarían de una campaña unánime contra el poder ejecutivo, mientras que el reparto implicaría la mejor visualización posible del enfrentamiento. Una ira brutal, feroz. Producto de mantener el país seccionado en dos mitades. Ninguna imagen más potente que contemplar a varias de las estrellas de la cadena Fox abrazados al presidente Trump en el último de los mítines de campaña. Nada más obvio que la ansiedad de cabeceras como la CNN, NBC o el «Washington Post» por certificar, aunque fuera vicaria, la primera derrota de la presidencia. Lejos de amainar o serenarse, el odio parecía adensarse.

Los pesos pesados republicanos, empezando por un Paul Ryan en cuarto menguante, habían esperado que el presidente celebrase la buena marcha de la economía. Había motivos. Los números son magníficos. Históricos. Lejos de escuchar a nadie, convencido de que su triunfo pasa por desoír toda la sabiduría convencional acumulada por políticos y politólogos, Trump transformó las últimas semanas en una misa negra.

Si en 2016 prometió drenar el pantano de Washington, si habló de carnicería, ahora tocaba redoblar la apuesta. Caravanas de delincuentes, narcotraficantes y violadores, insultos a los candidatos rivales y ataques a la prensa. Un apocalipsis zombie si los demócratas recuperan alguna de las dos cámaras en juego. Y eso que Trump apenas si concita un 40% de popularidad. Unos números magros, calamitosos, pero que cuentan con el insospechado contrapeso de unos demócratas incapaces de capitalizar los errores ajenos. Incluso especializados en cometer otros de cuño propio. Solo así puede considerarse, visto lo visto, la campaña contra la elección al Tribunal Supremo del juez Brett Kavanaugh. Confiados en que en la era del movimiento #MeToo las acusaciones de abusos sexuales acabarían por explotarle a la Casa Blanca, alentaron una ceremonia que reactivó a parte de los seguidores del presidente.

Nadie podía asegurar si lograría recuperar los votos necesarios como para revertir la victoria azul, pero sí, al menos, suficientes para transformar los comicios legislativos en el plebiscito presidencial al que Trump aspiraba. En total fueron 11 mítines en menos de una semana. 11 discursos a quemarropa, delante de un electorado que lo sigue como a un santo, para tratar de reactivar a unas bases deprimidas. Por más que sus asesores cabeceasen, y por muchos que fueran los republicanos convencidos de que les habría beneficiado un tono menos bronco, a ver quién discutía con Trump el olfato político.

Alcanzó la Casa Blanca con una campaña en parihuelas frente a la apisonadora de sus rivales en las primarias, y más tarde contra la todopoderosa Hillary. Que este segundo 6 de noviembre oliera a victoria o a estropicio quedaba en manos de unos votantes hastiados de consignas.

Ayer, una última encuesta realizada por el instituto demoscópico Gallup, decía que un 50% de los estadounidenses cree que el Partido Republicano conservará el control de la Cámara de Representantes, mientras que un 44% opina, por el contrario, que los demócratas pasarán a ostentar la mayoría por primera vez desde 2010 en la cámara baja, donde ahora tiene 48 escaños.

Source: NGT Internacional

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