Los demócratas toman el Congreso

La toma de posesión del Congreso de EE UU inaugura una nueva era en Washington. O la misma, pero con la carga retórica doblada. Sucede así cada dos años, cuando las cámaras legislativas renuevan parte de sus escaños. Pero en 2018 la diferencia crece porque el Partido Demócrata ha retomado el control del Congreso y porque el país vive dividido en una política de trincheras desconocida desde las combustiones sociales y culturales que acompañaron la guerra en Vietnam.

La toma de posesión llega además mientras el Gobierno federal acumula ya trece días de cierre. Un cierre relativo, por supuesto, que permite mantener ciertos servicios abiertos, del Pentágono a parte del sistema de salud pública, pero suficiente para transmitir la idea de que los poderes del Estado malviven enredados en una espiral suicida.

Para levantar el pie del acelerador, para evitar que miles de ventanillas sigan cerradas, los demócratas tratan de sacar adelante unas leyes que permitan financiar la Administración federal durante los próximos meses. El presidente Donald Trump contraataca con una exigencia inamovible: vetará cualquier iniciativa que venga del Congreso a no ser que la mayoría demócrata se comprometa a financiar el muro en la frontera. Una estructura faraónica que requeriría no menos de 5.000 millones de dólares. En su opinión, que por cierto contradice todas las series estadísticas, la frontera sufre una suerte de oleada migratoria que introduce cientos de miles de delincuentes potenciales en el tejido del país. Fiel a su intención de transformar el muro en un cartel electoral, y apenas tres horas antes de que el vicepresidente Mike Pence tomase el juramento de los nuevos senadores, escribió en Twitter que «el cierre se debe únicamente a las presidenciales de 2020. Los demócratas saben que no pueden ganar en base a todos los logros de Trump, por lo que están haciendo todo lo posible contra el muro, que necesitamos desesperadamente para garantizar la seguridad fronteriza, y hostigando al presidente. ¡Para ellos, se trata estrictamente de política!».

Política, claro está, que mezclará de forma automática con la judicialización de la vida. Una picadora humana que podría ganar en intensidad y ferocidad si el fiscal especial, Robert S. Mueller, presenta sus conclusiones en la investigación del Rusiagate. La posibilidad de que el presidente pueda enfrentar un intento de «impeachment» en el Congreso. Un proceso para lograr su destitución que morirá en el Senado, donde los republicanos tienen mayoría, pero que no impedirá la maniobra de derribo contra la Casa Blanca.

Especialmente si la Fiscalía de Nueva York resuelve que el ex abogado de Trump, Michael J. Cohen, condenado a tres años de cárcel por fraude electoral, actuó siguiendo órdenes del hoy presidente. Esto abriría la espita de una posible demanda que, si bien no desembocaría en el «impeachment», probablemente aguarde, como una suerte de guadaña, al final de su mandato.

El Congreso abría ayer su nuevo curso invocando al viejo presidente George Washington y la Constitución. Mientras los más de 800.000 empleados públicos que no pueden trabajar debido al cierre, las caravanas de inmigrantes, los ataques contra la prensa y los zurriagazos de esa misma prensa contra una Casa Blanca que en pocos meses ha perdido a sus mejores elementos, empezando por todos los generales que servían con Trump, incapaces ya de contener sus peores impulsos. Hubo carcajadas, sonrisas y aplausos cuando Hakeem Jeffreis presentó a Nancy Pelosi con un discurso espectacular, que hacía épica y sonetos con todos y cada uno de sus logros y presentaba a la nueva presidenta del Congreso como una suerte de Juana de Arco en la lucha contra los dragones del oscurantismo.

Su colega republicana presentaba a su portavoz, Kevin McCarthy, alertando contra la clerecía de los burócratas, alentaba a que las familias y los trabajadores lideren el país y condenaba las tendencias socialistas, que arrebatan el poder de la gente para dárselo al Gobierno. Poco después arrancaba la votación de los 435 congresistas para decidir si Pelosi recuperaba el puesto que ganó en 2007 y perdió en 2011. Necesitaba 218 votos, y obtuvo dos más pero con el voto en contra de varios demócratas lo que anticipa la dura batalla a la que se enfrenta no sólo contra los republicanos enrarecidos por Donal Trump sino en su propio partido con el ala más radical que aborrece el establishment que ella o Clinton representa. Los republicanos sufrieron ayer su primer revés serio desde los días en que Obama aplastaba a sus candidatos en dos elecciones presidenciales que lo sumieron en una depresión inimaginable.

Hasta que aterrizó Trump, puso patas arriba las primarias del partido y derrotó a Hillary en una presidenciales que dejaron los pasillos de Washington alfombrados de vísceras y la maquinaria demócrata echando humo. Dos años más tarde y desde un Congreso dominado por la oposición, comienza una carrera de obstáculos que cristalizará en 2020. Cuando el presidente enfrente la reelección y los demócratas sepan si en 2018 recuperaron la brújula o volvieron a sucumbir por una estrategia identitaria que en 2016 se relevó profundamente errónea.

Source: NGT Internacional

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