"Los que critican la Transición olvidan que Franco murió en la cama"

 

Juan Antonio Tirado no se guarda nada en el magín. A las primeras de cambio, nos dice con honestidad: “Yo me acosté niño franquista y desperté joven demócrata”. Hablamos del año 75, hace 40. En “Siete caras de la transición” (Editorial San Pablo), el periodista relata desde la memoria personal y colectiva (periódicos, diarios, crónicas de la época…) una etapa irrepetible de nuestra historia justo en el momento en que con menos valedores cuenta.

De un tiempo a esta parte, la Transición es el muñeco del “pim pam pum” de la “nueva política”. Tirado los llama “los refutadores”. Para él, han perdido la perspectiva de lo que fue aquel periodo. “Es una postura profundamente injusta y equivocada. Se cae en el error de criticar la Transición por lo que ha sido el desarrollo democrático posterior. Pero la Transición fue un periodo muy breve, desde que muere Franco hasta el 78. Lo que vino después no hay porqué adjudicárselo a la Transición. Hay que pensar que en aquella época se encontraron los líderes del Movimiento y pactaron con el secretario general del PCE, que hasta entonces había sido el demonio con rabo en España. Los dos extremos permiten un proceso político que obviamente tiene fallos y lagunas, pero lo que se hizo en la Transición tiene un mérito enorme y cuando los refutadores hablan, por ejemplo, del “régimen del 78” olvidan que el dictador murió en la cama, que el poder del Ejército era omnímodo y los generales eran todos franquistas y que la democracia estuvo a punto de naufragar en más de una ocasión”.

Se hizo lo que se pudo. Y ello dio como resultado, a juicio de Tirado, “la consecución de lo que España había soñado durante mucho tiempo, el olvido de las dos Españas por una obra común y la homologación con las democracias occidentales. Es el gran logro de la España del siglo XX frente a otros intentos frustrados como la II República”. En su libro, el periodista se apoya en siete figuras esenciales para extraer las claves de aquel proceso: Arias Navarro, Manuel Fraga, el Rey Juan Carlos I, Adolfo Suárez, Torcuato Fernández-Miranda, Santiago Carrillo y Carmen Díez de Rivera. Entre ellos, son el Rey, Suárez y Torcuato Fernández-Miranda (“la santísima trinidad”) quienes lideraron el cambio desde el franquismo. “Torcuato dijo que él fue el guionista, el Rey el productor y Suárez el actor de la Transición. Pero no es así. Suárez fue más que un actor”. Para Tirado, desde los años 60 al 76, son el Rey y Torcuato quienes preparana el terreno para el advenimiento de la democracia. A partir del 76, Suárez pisa el acelerador. “La legalización del PCE es el momento estelar de la Transición. Areilza cuenta en sus memorias que en el viaje a Estados Unidos de Don Juan Carlos, Kissinger les dijo que podían legalizar el PCE, pero que si esperaban unos años, mejor aún. Tampoco Alemania quería que se legalizara. Fue un éxito enorme, de valor y de arrojo, de Adolfo Suárez, que se daba cuenta de que sin ello no habría una verdadera democracia. Pero no hay que olvidar que nadie dio nada gratuitamente. El combustible de la Transición estuvo en la calle, con las miles de manifestaciones que hubo, especialmente en el 76. Ese combustible ayudó a Suárez a legalizar el PCE”.

Tirado valora los logros incuestionables de este proceso, pero es consciente de que, “como en Casablanca, la película, todo fue improvisándose sobre la marcha”. Para el autor, el “café para todos”, el Estados de las Autonomías, es el gran error de la Transición: “Fue bienintencionado, pero se ha demostrado que el diseño no era el ideal.

No existía entonces tal petición. Únicamente estaban el País Vasco, Cataluña y quizás Galicia, que no querían “café para todos”, sino reivindicar sus diferencias, ser distintos”. Otra “falla”, a juicio de Tirado, es la “disfunción” en torno a la figura del Rey. “Juan Carlos heredó ese halo inviolable de Franco y durante muchos años se respetó todo lo que tenía que ver con él (empezando desde la Prensa), hasta el punto de que en los año 90, con la corrupción por todos lados, existía una imagen inmaculada del Rey. Por eso luego, cuando han empezado a salir cosas sobre su figura, su imagen empezó a caer”.

Una rubia excepcional

Entre la maraña de alta política y crónica sentimental, Tirado ofrece en su libro un retrato de uno de los personajes más fascinantes de la Transición, Carmen Díez de Rivera. “En su momento estaba en todos los saraos políticos, fue un personaje fascinante, la “musa de la Transición” como la llamaba Umbral. Si nos ponemos serios, en plan ensayístico, quizás ella no tendría por qué salir en este libro, pero fue una mujer importante, estuvo en la pomada durante muchos años y en sus diarios demuestra su buena información. Ella siempre abogó por legalizar el PCE ante el rey y Suárez. Era de una belleza extraordinaria y tenía una historia trágica: hija de Serrano Suñer, cuando se iba a casar con su novio se lo prohibieron porque resultó que era su hermano y ella no lo sabía. Siempre abogó por Carrillo. En una reunión en Barcelona de un acto de la prensa, le dijo “a ver cuándo nos tomamos un chinchón” y él respondió “cuando quieras”. Eso dio la vuelta a España”.

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