Mélenchon, el candidato sorpresa

El líder de La Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, se está convirtiendo en el fenómeno de las elecciones presidenciales estos últimos días. De contar con un 10% de votos según los sondeos realizados a final de enero, ahora se sitúa en una media de 18%, en muchos casos por delante del líder de Los Republicanos, François Fillon, y doblando los resultados del representante del Partido Socialista, Benoît Hamon, que va desvaneciéndose cada día un poco más en el paisaje político (9%). Mélenchon es conocido por ser un gran orador, lleno de energía, y capaz de movilizar las masas, como ha demostrado en Marsella el pasado domingo, o en París en la plaza de la República el 18 de marzo. Pero el fervor que despierta en algunos ha llevado a François Hollande a lanzar, ayer mismo, la señal de alarma e inmiscuirse en la campaña electoral.

El presidente de la República francesa prefiere como sucesor al socioliberal Emmanuel Macron que al neocomunista Mélenchon. En una entrevista publicada en «Le Point», Hollande afirma que confía «en la inteligencia de los franceses que quieren que se construya una nueva acción a partir de lo que yo he hecho», al mismo tiempo que denuncia el «peligro frente a las simplificaciones, frente a las falsificaciones, que llevan a mirar el espectáculo del tribuno más que el contenido de su texto», señalando así al candidato de La Francia Insumisa.

El programa de Mélenchon, al que definen como el «Tsipras francés» o la «URSS de los años 50», comparte numerosos puntos con el de la líder de extrema derecha, Marine Le Pen. Los dos defienden, cada uno a su manera, una forma de patriotismo económico: con la instauración de una tasa del 3% sobre las importaciones según Le Pen, con medidas antidumping y el aumento de los derechos de aduana, según Mélenchon. Ambos han inscrito en su programa la salida de Francia de la OTAN, la renegociación de los tratados europeos y el fin de los acuerdos de libre comercio. Y también apuestan por la vuelta a la jubilación a los 60 años y por la necesidad de apoyar los servicios públicos, por ejemplo, con la nacionalización de las autopistas.

Sin embargo, las diferencias son claras cuando Le Pen defiende la energía nuclear mientras que Mélenchon la abandona; o cuando Le Pen defiende la preferencia nacional, mientras Mélenchon pide en sus mítines un minuto de silencio en memoria por los inmigrantes desaparecidos, y, sobre todo, aboga por la adhesión de Francia a «Alba», la Alianza bolivariana para las Américas, para «instaurar una política de codesarrollo con América Latina y el Caribe». El líder de La Francia Insumisa se ha ganado la confianza de los electores más jóvenes de entre 18 y 24 años, mientras que la presidenta del Frente Nacional gana entre los de entre 25-34. Entre los primeros, un 32% confía en Mélenchon para reducir las desigualdades, mientras que Le Pen le sigue con un 19%, según un sondeo reciente de Elabe.

En los debates, Mélenchon ha sido designado siempre como el candidato más convincente, y a ese arte en el uso de la palabra, entremezclado de citas de Baudelaire, Eluard o Victor Hugo, ha aportado una nota de suavidad eliminando el rojo de sus mítines y carteles y convenciendo a los suyos para que no canten la Internacional. Él mismo se define como «el único artista poeta de la política».

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