Miguel Falomir: «Me preocupa que los jóvenes no sientan afinidad con el arte del museo»

Desde ayer, Miguel Falomir es el director del Museo del Prado. Uno de los cargos que más prestigio reporta, pero que también conlleva importantes sacrificios. Sobre todo, como es este caso, cuando se trata de una persona que ha dedicado gran parte de su trayectoria profesional a investigar y comisariar exposiciones, muchas de ellas de una enorme relevancia y que han sido muy bien recibidas por la crítica de manera unánime. «Una de las claves de la etapa de Miguel Zugaza fue que él no compitió con los conservadores y les dio a todos ellos una oportunidad para que se desarrollaran intelectualmente. Yo voy a hacer lo mismo que él. Sólo hay dos cosas que no puedo abandonar y con las que estoy comprometido desde hace tiempo: terminar el catálogo razonado de Tiziano y una exposición, en la que me involucré incluso antes de que aceptara el puesto de director adjunto, dedicada a los retratos de Lorenzo Lotto. Ahora soy director. No voy a entrar en competencia con conservadores. Ya desarrollaré mi faceta intelectual de otra manera».

–¿Qué es lo que más le preocupa en esta nueva etapa?

–Muchas cosas y pocas. Estamos en una situación inmejorable. No creo que haya ningún director que haya heredado un museo en unas condiciones tan óptimas. El Prado es una maquinaria bien engrasada. Pero, por supuesto, existen algunas preocupaciones.

–¿Cuáles?

–No morir de éxito. Los museos son instituciones culturales, pero, ahora, también, turísticas. ¿Cómo se vive un museo con más de tres millones de visitas? La visita de un museo debe ser placentera, pero es muy complicado con aglomeraciones. Hay museos que reciben tanto público que existe la seria imposibilidad de visitarlos de una manera adecuada. Algunas personas se desalientan al ver esa masa. En el Prado no sucede todavía, pero podría pasar. Tuvimos un aperitivo con la muestra de El Bosco. Había momentos en que era muy difícil disfrutar de la muestra. Pero este momento, que fue excepcional, se puede convertir en cotidiano. Y me preocupa cómo evitarlo. Para nosotros, como institución cultural, es maravilloso que venga la gente. La amas. Pero también hay que velar para preservar la calidad de la visita y que el museo no esté como El Corte Inglés.

–Seguro que le inquieta algo más.

–El envejecimiento medio del vi-sitante; que la gente joven sienta menos afinidad por el arte que hay en El Prado; que el público pertenezca a grupos sociales determinados y que los demás, el resto de ellos, no se planteen venir a vernos. El que nos conoce bien, vuelve. Una demostración de lo que digo son los Amigos del Museo del Prado, que después del Real Madrid y el Barça, debe ser el club más grande de España. El público que nos visita es recurrente, pero existe otro que, aunque está orgulloso de nosotros, no ha desarrollado un lazo afectivo con él. Ve el edificio, con las columnas, tan imponente, que muchos se deben preguntar si es su sitio o sólo es un lugar para gente erudita. Una de las obligaciones del bicentenario es justamente desarrollar una relación más afectiva con estas personas. Atraerlas.

–Otros de los retos que le aguarda es el Salón de Reinos.

–Existen varios espacios en él. Con la galería superior, lo reconozco, aún no sé qué voy a hacer. Pero sí con la galería histórica y las partes más nobles. Esta crujía conserva parte de la decoración parietal y, además, tenemos casi todas las pinturas destinadas a ese espacio. Recuperar el Salón de Reinos fue el argumento que se dio para que se trasladara el Museo del Ejército a Toledo, así que tiene lógica reconstruirlo, pero con una museografía moderna, nada de historicismos rancios y pasados. Allí pueden verse los cuadros de las colecciones de la pintura española e italiana del siglo XVII, que fue la que se adquirió para este lugar. Y creo que debe exhibirse de manera permanente. A lo largo de 200 años se ha cambiado la manera de mostrar la colección del Museo.

–Volverán los Velázquez.

–Y los cinco retratos que había, Zurbarán y los cuadros de batallas del resto de pintores. En otro espacio podría colocarse un par de centenares de cuadros, la mayoría del siglo XVII de una gran calidad y que pueden mostrarse.

–¿Y el «Guernica» no?

–(Risas). Creo que está magníficamente en el Reina Sofía. Y no veo ningún argumento para que deje de estar allí. Creo que a cualquier director le gustaría tener ese cuadro, me doy perfectamente cuenta de eso, pero, con sinceridad, pienso que debe estar en el Reina Sofía. En este asunto hemos perdido el punto fundamental: El Reina Sofía y El Prado son museos estatales. Lo importante es que el «Guernica» pertenezca a todos los españoles.

–¿Qué hará para el bicentenario?

–Se ha creado una comisión. En un par de meses se presentará una guía. Habrá exposiciones y congresos sobre lo que somos y lo que queremos ser. Hay que mirar para atrás, pero también hacia adelante y pensar en nuestro futuro. El Museo del Prado debe aprovechar esa oportunidad para intensificar lazos con el público y que éste siga estando orgulloso de él. En cuanto a las muestras… seguiremos con el programa, que es excelente. Pero no todo va a ser alrededor del Prado. En cuanto al número de exposiciones… es difícil realizar más al año. Incluso no me importaría hacer dos menos. Once exposiciones anuales es un disparate para nuestra plantilla. Pero me da igual, eso sí, que las exposiciones sean mayoritarias, siempre, por supuesto, que se hagan con un nivel de exigencia alto, como la de El Bosco.

–¿Por qué exposiciones aboga?

–El Prado tiene que ahondar y enfatizar en su propia naturaleza, en aquello que le hace diferente. Tenemos muestras como en otros museos, pero en El Prado el diálogo entre pintores fluye de manera natural, aparte de que posee unos fondos extraordinarios. Estas son las muestras que debemos hacer: las que van sobre nuestros fondos, como la de «Metapintura», las que tienen un planteamiento que van más allá de unos conceptos académicos y decimonónicos. Hay que apostar por exposiciones donde dialoguen Velázquez, Rubens, Tiziano. Éste es el ADN del Prado. Y, por supuesto, existen referencias que siempre conviene revisitar, como Goya, El Greco o Rubens. Podemos volver a ellos, alentar nuevas miradas sobre estos artistas.

–¿El Prado debe intensificar su presencia internacional?

–Muchas exposiciones las hacemos en colaboración con otras instituciones internacionales y con conservadores que trabajan para el futuro. La internacionalización es consustancial al museo. Hay que dejar tiempos pretéritos en los que estábamos encerrados en nosotros mismos. Lo que se ha producido en los últimos años es justamente esto. Mirábamos con admiración hacia la National Gallery y les acabamos exportando su director.

–Hablando de la National Gallery, ellos tienen entrada gratuita. La del Prado cuesta 15 euros. ¿Va a hacer para reducirla?

–Me gustaría que fuera gratuita. ¿A quién no? Pero se nos olvida algo importante. La mitad de los visitantes paga el 50 por ciento de esa entrada; otro 20 por ciento, la reducida, y sólo el 30 por ciento los 15 euros. El Prado funciona muy bien, abre siete días a la semana y tiene programas de educación. Eso cuesta dinero. Si el Estado me diera el cien por cien del dinero que necesitaría, la entrada sería gratis. Pero de algún lado tienen que llegar los fondos. Y le voy a ser sincero. Estoy en contra de que el Estado aporte el 100 por 100 de la financiación. Eso conllevaría el control del museo. La autonomía financiera te da libertad. Lo que tenemos que hacer es implementar nuestros instrumentos para obtener ingresos, contar con la aportación del Estado y, también, con la sociedad civil: las grandes compañías y el visitante común o lo que vendría simbolizado por los Amigos del Prado.

–¿Cuál es el porcentaje adecuado de financiación?

–La crisis ha obligado al museo a hacer un esfuerzo adicional y alcanzar un 72 por cien de autofinanciación. En un momento de crisis está bien, pero si fuerzas algo, acaba quemándose. Hicimos ese esfuerzo, pero eso cansa a un museo. Lo ideal es aspirar al 60 por ciento de autofinanciación y 40 por ciento de fondos del Estado.

–¿Va a atraer patrocinadores?

–Optamos por pocos colaboradores, pero ligados durante mucho tiempo al museo. Y ha sido un éxito. Es un aporte esencial, pero creo que debemos ensayar otras fórmulas, como el micromecenazgo, no por las cantidades, sino por el hecho de que democratiza las donaciones y hace que cualquier persona se sienta un actor relevante en El Prado con su ayuda y sin que tenga que disponer de una capacidad adquisitiva elevada. No es relevante por la vertiente económica, sino como instrumento de ampliación de espectro social del museo, que se sepa que cualquier puede contribuir.

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