«No podía mirar, me daban arcadas, es un milagro que no atropellara a más»

Estocolmo amaneció ayer en silencio. Los ruidos de las sirenas del día anterior seguían en el recuerdo de los suecos, pero el dolor les impedía articular palabra. Muchos decidieron quedarse en casa por miedo. Otros optaron por acudir frente al centro comercial Ahlens –donde se empotró el camión que había causado previamente la muerte de cuatro personas y herido a otra decena en un recorrido mortal por la peatonal calle Drottninggatan– para depositar flores en homenaje a los fallecidos. También la princesa Victoria de Suecia visitó el lugar del atentado, donde colocó un ramo de rosas, visiblemente emocionada, frente a los grandes almacenes.

Sin duda, el ataque del viernes alteró la tranquila vida de la capital sueca. Así lo explica a LA RAZÓN Andrea Neira, de 27 años, una española que vivió en primera persona el ataque desde su lugar de trabajo. Como cada mañana, esta madrileña acudió a primera hora a su lugar de trabajo, «The CEO Magazine», donde ejerce como directora de proyectos. La sede de esta publicación se encuentra en el número 61 de Drottninggatan, justo en el punto en el que el camión mortal atropellaba a los viandantes. «Estaba en medio de una reunión en una sala cuyas ventanas dan a la calle donde pasó todo. De repente, escuché un ruido tremendo y lo primero que pensé es que estaban de obras, pero un compañero que en ese momento estaba mirando por la ventana me gritó: ‘‘Agáchate, acabo de ver cómo un camión enorme ha atropellado una persona’’», relata con voz temblorosa. Luego miró tímidamente y Andrea identificó un rastro de humo, un camión medio destrozado y un líquido verde por toda la acera. «Todos pensamos que era un ataque como el de Niza o incluso como el de París y que pronto iban a empezar a pegar tiros. Teníamos mucho miedo. El viernes entendí lo que es estar aterrorizado, fue muy duro», se lamenta. Y es que lo peor, para ella, estaba por llegar. Cuando volvió a asomarse por la ventana se dio cuenta de que en medio de la calle yacía un perro completamente destrozado, «abierto en dos», y su dueña, una mujer mayor, estaba tendida en el suelo mientras intentaban reanimarla. «No pude seguir mirando, me daban arcadas. Luego escuchamos a gente gritando: ‘‘Backa backa’’, que significa atrás, y pensamos que el camión estaba retrocediendo, pero no, lo que ocurrió es que el conductor estaba saliendo del camión», apunta.

Entonces, comenzaron a dar golpes en la puerta. El pánico se apoderó de la oficina. Todos los empleados pensaban que serían terroristas y guardaron silencio. Lo que no sabían es que eran agentes que querían saber si todos estaban bien. «Les pedimos que nos enseñaran las placas por la rendija del buzón que tiene la puerta y así lo hicieron», dice Neira. La Policía les pidió que no se movieran y durante las tres horas siguientes estuvieron encerrados en la oficina.

«Fue un milagro que no atropellara a más gente. De hecho, tengo compañeros que siempre salen a fumar a las tres de la tarde justo en el lugar donde fue atropellada la señora con su perro. El ataque ocurrió sólo unos minutos antes. No quiero ni pensarlo…», dice, al tiempo que insiste en que es incapaz de borrar de su mente el sonido de las ruedas del camión derrapando. Un día después del ataque, Andrea, más calmada, confiesa que Estocolmo ya no es la ciudad a la que se mudó hace tres años. «El ambiente está enrarecido, la gente sólo habla del atentado», insiste. Sólo el tiempo será capaz de curar o, al menos, aliviar las heridas.

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