«No somos delincuentes, queremos trabajar en EEUU»

Los primeros migrantes de las caravanas de centroamericanos que están cruzando México rumbo a Estados Unidos ya han alcanzado la capital del país. Son alrededor de un millar de personas, los más rápidos y también los que han viajado tomando más riesgos, subidos en las cajas de camiones y vehículos de carga. A lo largo del domingo fueron llegando a la Ciudad Deportiva Magdalena Mixhuca en la zona este de la ciudad.

El grueso del grupo, unos 8.000, les sigue a cierta distancia, a pie por el peligroso Estado de Veracruz. El agotamiento hace mella tras 20 días caminando y se han informado de muchos casos de niños enfermos. Sin embargo, el camino sigue y el plan de la mayoría es reagruparse en Ciudad de México, descansar unos días y seguir camino al norte.

El lugar de referencia en la capital mexicana es la Ciudad Deportiva, una instalación enorme situada cerca del aeropuerto. Allí, el Gobierno capitalino ha montado un dispositivo de atención provisional. Reparten alimentos, ropa y mantas e instalan carpas para pasar la noche.

Uno de los primeros en llegar es Juan José Villalobos, 20 años, natural de Honduras. Dice que llegó tan rápido porque le acompaña la suerte «cualquier carro me daba jalón». Su ánimo es alto y pretende descansar unos días antes de seguir, a pie o subido en vehículos. «Voy con los amigos que he hecho en el camino, así no se siente tan peligroso porque si tocan a uno tocan a todos». Cuenta que trabajaba de chófer de autobuses y cada poco sufría asaltos «yo nomás les daba el dinero», explica a LA RAZÓN. En México no se quiere quedar porque no tiene a nadie, pero en Estados Unidos le espera un primo suyo.

En grandes bolsas de plástico llega ropa y calzado para repartir entre los inmigrantes. Rápidamente se corre la voz y se forma un corrillo en torno a las prendas esparcidas por el suelo. Hay que revolver para encontrar algo apropiado. El calzado que traen está desgastado de tanto andar, así que las cajas con pares nuevos se vacían en instantes. Segundos. Acertar con la talla es cuestión de suerte, aunque lo importante es agarrar un par de zapatillas que tal vez se pueda canjear más adelante.

David Torres también es hondureño, de Tegucigalpa, y tiene 25 años. Ha llegado de los primeros porque venía en la caja de un tráiler «arriesgando la vida». «Ayer una persona se cayó de un camión, no supimos que fue de él», relata con preocupación. En Honduras trabajaba de lo que salía porque «pocos cuentan con trabajo fijo, la mayoría de nosotros no tenemos». Tampoco quiere quedarse en México consciente de que los sueldos son bajos y pide a las autoridades locales un transporte para llegar a la frontera con Estados Unidos. «No somos delincuentes, somos gente que quiere trabajar», reivindica este joven. Para Gustavo Ruiz, salvadoreño de 26 años, el motivo de la huida son las pandillas. «No lo dejan trabajar a uno, si vas de una ciudad a otra te matan porque son contrarios, aunque no seas de la pandilla». Dice resignado que tampoco puedes poner tu negocio «una tiendita» por culpa de las extorsiones de las maras. «Hay que pagar y no alcanza», narra resignado.

En otra zona se ha habilitado un comedor en el que se dan tres turnos de comida. Hay una fuerte presencia policial y también de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. «Por la mañana se repartieron tamales, y ya en la tarde un guisado con arroz, bistec con papas y salsa verde. La cena todavía no ha llegado», cuenta Héctor Catalán, trabajador de la Secretaría de Desarrollo Social de la Ciudad de México, que junto a varios compañeros se encarga de repartir los alimentos entre esta población necesitada. «Hay preparada comida para las 1.000 personas que hay ahora aquí, pero se espera que lleguen alrededor de 8.000 más». Aunque el espacio es muy amplio, no se conoce la capacidad de atención real. Héctor confía en que la escala de los migrantes no se alargue y vayan dejando espacio a los siguientes, aunque esa idea contrasta con muchos testimonios de los inmigrantes centroamericanos recogidos en el lugar, cuyo plan consiste en esperar al resto en este lugar y continuar el viaje todos juntos. El poder de la masa frente a la frontera.

A la espera de 8.000 migrantes

A pocos metros unas veinte personas hacen fila para recoger mantas. El clima de la Ciudad de México es más frío que el sur del país y no traen ropa de abrigo. Los que ya han conseguido la suya se acomodan como pueden en las gradas del estadio de fútbol para pasar la noche. En el centro del terreno de juego están montando tres grandes carpas y en un terreno aledaño dos más con capacidad total para unas 2.500 personas, aunque todavía no están preparadas. «Llevo dos años en Sedeso y nunca había visto algo así», reconoce Catalán sorprendido por el alcance y la fuerza de este movimiento migratorio hacia Estados Unidos.

Mientras los inmigrantes centroamericanos esperan reagruparse en Ciudad de México, ayer el Pentágono dio apoyo a los militares desplegados en la frontera para crear centros de detención efímeros para aquellos sin papeles que traten de cruzar.

Source: NGT Internacional

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