Nuestra Carme

Escribo estas líneas impactado por la noticia de la muerte de Carme Chacón. A estas horas entre los socialistas solo hay desolación y mucha tristeza y entre los que éramos sus amigos, dolor y desazón.

Carmen, como otros muchos, era una catalana de abuelos andaluces que nunca renunció ni a ser española ni a ser catalana. Siempre defendió sus convicciones, sin calcular qué es lo que más le convenía, solo buscaba coherencia con sus ideales.

Era una mujer con carácter fuerte y sólida intelectualmente, que se rebeló sistemáticamente contra las injusticias.

Se enfrentó enérgicamente a quienes querían hacerle renunciar a una parte de su existencia y de su ser. Lo hizo contra quienes le querían obligar a elegir entre ser Carme o Carmen, primero por intentar forzarla a hacer algo que no quería, pero también porque no iba a renunciar a la mitad de su vida.

Se rebeló contra quienes pensaban que por ser mujer debía renunciar a tener ambiciones y se convirtió en la primera al frente de la defensa nacional, mostró con su ejemplo que la maternidad no es un obstáculo para desarrollar las más altas responsabilidades.

Por ello, también la tuvieron enfrente los que pensaban que la presidencia del Gobierno estaba vedada a los varones y compitió lealmente, pero con todas sus fuerzas, para liderar el PSOE.

Otros muchos pensaron que debía renunciar a sus aspiraciones no tanto por ser mujer, sino por ser catalana. Sabíamos que, en aquel momento, era un soplo de aire fresco para reforzar los lazos afectivos que se estaban rompiendo entre el pueblo catalán y el resto de españoles.

Sabedora de su cardiopatía congénita, en alguna ocasión afirmó que para ella la vida era un privilegio. Desde pequeña le dijeron que debía llevar marcapasos, que no podría ser madre y que eligiese una vida tranquila, también se declaró en meditada rebeldía porque abrazó cada segundo de vida con la máxima intensidad.

Contenida de carácter, enemiga de lo histriónico, inteligente como pocos y trabajadora incansable. Se desenvolvía con la misma destreza en la cocina de su casa, cuando nos invitaba a cenar a sus amigos, como en sus comparecencias parlamentarias.

Nunca ha tenido pereza para nada, tampoco para dejar el calor que proporciona un escaño en el Congreso de los Diputados cuando no compartía el proyecto político. Lo hizo en dos ocasiones y, en ambas podía haber optado por mantener su puesto. Tampoco la distancia ha sido nunca un obstáculo ni una excusa, si un amigo le pedía ayuda, recorría 14.000 km desde EEUU, para acudir en su apoyo.

Muchos fueron afortunados de luchar y de trabajar a su lado. También yo lo fui, afortunados de contar con Carme en el pensamiento y en la acción. Fuerte, valiente, generosa, dispuesta a embarcarse en la aventura de la política, siempre bajo el pabellón que le parecía más noble, más justo, que casi siempre era el del porvenir más improbable. También nos enseñó que cuando la dignidad es incompatible con el confort, el único camino es un paso atrás.

Espero que con la grandeza humana ocurra como con la energía, y que toda la grandeza de Carme Chacón no desaparezca con ella, sino que se transforme y se encarne en todos los que hemos tenido la fortuna de conocerla.

Cuando la muerte se lleva un amigo por la espalda y a hurtadillas, las palabras resultan más difíciles de encontrar. Sin embargo, en la pérdida, las palabras son un consuelo, una forma de impedir que la tristeza y el desánimo se apoderen de nosotros. Con las palabras construimos la primera muralla contra el olvido. Haber tenido a Carme al lado era ya una forma de victoria.

En alguna ocasión me he referido un famoso almanaque, el Almanaque de Gotha, en el que aparecían las casas más importantes de Europa. Si hubiera una nobleza republicana y socialista, si tal cosa fuera imaginable, Carmen Chacón sería uno de sus principales baluartes. Hoy los socialistas estamos de luto.

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