Sánchez: 30 días y otra España

Pedro Sánchez llegó a La Moncloa hace un mes tras pulsar el botón nuclear de la moción de censura. No ha tenido ni tendrá los cien días de gracia, esta es una legislatura corta y ha llegado al poder tras un terremoto político inédito en España. La primera semana fue plácida. Mariano Rajoy tiraba la toalla sumiendo al PP en una profunda crisis. Ciudadanos estaba en «shock», Podemos intentaba recolocarse y el independentismo veía caer su discurso victimista del «estado represor». Sánchez sorprendía con los nombramientos de sus ministros. «Batet y Borrell o Delgado y Grande-Marlaska son ejemplos de que quiso formar un gobierno equilibrado y centrado», comentan en Moncloa. Las encuestas ponían negro sobre blanco el cambio. El PSOE relegado al ostracismo protagonizaba una remontada impensable y conseguía sumarse otro tanto de cara a la opinión pública con la acogida del «Aquarius».

El nuevo gobierno se dio a conocer el día 6. Apenas una semana después, el día 13, Màxim Huerta protagonizó la primera crisis tras conocerse que había defraudado a Hacienda. Esa tarde, presentaba su dimisión. «No fue fácil, pero el presidente resolvió la crisis de forma rápida y lanzando un claro mensaje a la sociedad española: “No se puede ser ministro si se ha defraudado a Hacienda”». En esos días, La Moncloa era una locura. El nuevo equipo se incorporaba a cuentagotas y preparaba su estrategia sobre dos patas: agenda internacional para «promover la proyección internacional de España» y agenda interior con tres objetivos: afrontar la brecha generacional, «dirigiéndose directamente al público urbano, jóvenes y mujeres, haciendo suyo el discurso feminista»; la brecha ideológica, «buscando siempre la centralidad»; y la brecha territorial, convocando de forma inmediata a los presidentes autonómicos buscando una «relación directa de las comunidades con el Estado». «Todas las acciones del presidente se basarán en esta hoja de ruta», apuntan en su entorno. En el ámbito internacional, Sánchez ha consolidado el eje París-Berlín-Madrid, se ha reunido con el presidente Macron, que vendrá a España el día 26, y con Merkel a la que ha ayudado a superar una crisis interna a cuenta de la inmigración.

En la política interna, hay más claroscuros y varios frentes. El Gobierno ha empezado con su agenda social y de derechos civiles. Sanidad universal, plan para combatir la pobreza infantil, migraciones –con la decisión de retirar las concertinas–, se está trabajando en la regulación de la eutanasia y la equiparación de los permisos de maternidad y paternidad. Y un añadido con suerte, sindicatos y empresarios alcanzaron, bajo su mandato, el largamente esperado Acuerdo Interprofesional que le pasa la pelota al Gobierno, coincidiendo con los planes del Ejecutivo, para reformar algunos aspectos de la reforma laboral. El próximo día 11, el presidente se reunirá con los líderes sindicales y patronales. Y la exhumación de los restos del dictador Franco del Valle de los Caídos. No hay fecha, pero «será antes del 18 de julio», apuntan en Moncloa.

En el aspecto territorial, Sánchez ha dado sus primeros pasos y cosechado las primeras críticas. Se ha reunido con Urkullu y tiene previsto reunirse con todos los presidentes autonómicos. Cataluña, Galicia y Andalucía ya tienen cita. Las largas del presidente a la reforma de la financiación autonómica no han sentado nada bien en las comunidades autónomas, incluidas las presididas por socialistas. Todas esperan explicaciones. Tras la reunión con el lendakari Urkullu se ha destapado la caja de los truenos. Ciudadanos y PP han criticado con dureza el acuerdo sobre el traslado de etarras a las cárceles del País Vasco, junto con las asociaciones de víctimas, poniendo el énfasis en denunciar «los acuerdos secretos de Sánchez con sus socios nacionalistas e independentistas». No ha ayudado la actitud del presidente de no contestar las provocaciones del independentismo que sigue empecinado en mantener el clima de tensión. El pasado miércoles, Sánchez no contestó al diputado Gabriel Rufián cuando acusó a España de tener «secuestrados» a los líderes independentistas; templó gaitas, no respaldando explícitamente al embajador Pedro Morenés cuando Torra montó el numerito en Estados Unidos; y tampoco dijo nada en el desplante al Rey en Tarragona. El presidente sólo marcó las líneas rojas «diálogo y Constitución», negando la posibilidad de un referéndum pactado. «El presidente tiene una agenda para todas y cada una de las CC AA, y ha trasladado una imagen distinta, alejada del quietismo de Rajoy», afirma su entorno, que justifica la posición de Sánchez sobre Cataluña «el presidente entrará en el partido, cuando empiece el partido. Y ese día es el día 9. Hasta ahora han sido los ministros quienes le han cubierto la espalda».

Un solo mes en Moncloa y los problemas de gobierno se agolpan. El último, la elección del presidente de RTVE. «Sin duda, nos harán sudar la camiseta», dicen sus allegados que afirman que el presidente no ha cambiado, que intenta seguir con sus rutinas. El viernes fue su santo y contestó todos los mensajes que recibió en su móvil. Su equipo quiere trasladar una imagen diferente del presidente y se ha afanado en elaborar un álbum de fotos, muy al estilo americano, lo que ha desatado críticas, mofas y guasas. «En España no estamos acostumbrados», afirman en Moncloa que piensan seguir en su empeño. Además de fotos con Merkel, Macron, en la Cumbre, en actos diversos, tendremos otras imágenes del presidente. Lo hemos visto con gafas oscuras en el Falcon, en el helicóptero, haciendo carantoñas a su perra, o corriendo por la mañana. El objetivo es «humanizarlo, hacerlo más próximo». Aceptan las críticas –la foto de las manos del presidente no fue de lo más acertado– y quieren «racionalizar» estos «robados del presidente», pero no dudan: «Queremos trasladar el alma presidencial en una imagen».

Source: NGT

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