Santi Vila, el antihéroe del independentismo

Si nos atenemos al dictado de la RAE, el antihéroe es aquel sujeto (criatura o infante a petición del Gobierno aragonés) que goza del mismo protagonismo que el héroe tradicional, pero con las virtudes y defectos de una persona normal. Es decir, con sensibilidad, conciencia –esto ya de cosecha propia- y alta dosis de realismo. Un papel en el que encaja a la perfección Santi Vila (Granollers, 1973), quien fue consejero de los gobiernos de Artur Mas y Carles Puigdemont, un historiador apasionado que aparcó su profesión para dedicarse en cuerpo y alma al servicio público, una decisión, o más bien una cadena de ellas, que le han llevado a uno de los momentos más críticos de su vida: enfrentarse a una condena de prisión. Nunca pensó que ir de la mano de quien había sido su amigo (Puigdemont), de quien incluso le casó con su primer marido, sería uno de los mayores errores de su carrera profesional. Vila formó parte del Ejecutivo catalán que condujo a la Comunidad Autónoma al caos tras el referéndum ilegal del 1-O. Se bajó del tren que ya descarrilaba antes de que el president proclamara aquella declaración unilateral de independencia a modo de estrella fugaz. El 26 de octubre de 2018, Vila dijo basta. Vio como los que habían sido compañeros y amigos de partido realimentaban sus delirios. Hasta aquí hemos llegado, dijo. Una decisión que le costó las críticas de su partido, acusaciones de traidor y desleal. Insultos de los radicales a pie de calle que le gritaban esa palabra cargada de ira que corrió como la pólvora tras la DUI: «Botifler». Ocho letras que también fueron determinantes para Puigdemont quien a punto de convocar elecciones anticipadas tras el 1-O no pudo soportar la presión y le movieron hacia un extremismo exacerbado hasta el punto de vender el futuro de Cataluña a los secesionistas más irracionales. Vila asumió su error, pero aún así lo ha pagado caro. Ahora se enfrenta a siete años de prisión (por petición de la Fiscalía y la Abogacía del Estado) por delitos de malversación de caudales públicos y desobediencia. El único ejemplo de la sensatez, la extraña voz de la moderación de un Gobierno radicalizado se enfrenta a una doble pena: la judicial y la del rechazo del que fue su partido y sus compañeros hasta el «Día D».

Source: NGT

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