Sin Resurrecci贸n, Sevilla mira a la Feria

Sevilla. Domingo de Resurrecci贸n. Se lidiaron toros de N煤帽ez del Cuvillo, bien presentados. El 1潞, rajado, descastado y de poca duraci贸n; el 2潞, irregular y deslucido; el 3潞, apagado y a menos; el 4潞, manejable; el 5潞, de manejable pit贸n izquierdo; el 6潞, deslucido. Lleno de 芦no hay billetes禄.

Morante de la Puebla, de azul e hilo blanco, cuatro pinchazos, aviso, media estocada (silencio); estocada desprendida y tendida, tres descabellos (saludos).

Manzanares, de nazareno y oro, estocada (silencio); pinchazo, estocada, aviso (saludos).

Roca Rey, de morado y oro, estocada (saludos); estocada (silencio).

Resurrecci贸n tiene un misterio que contar. Y a 茅l nos seguimos aferrando. Devotos. Felices. Y rendidos a un cartelazo que a eso de las seis y media de la tarde nos empujaba a so帽ar. El toreo en vena en este todav铆a principio de temporada. Y Sevilla. Colmada de arriba abajo. Ni una entrada. Ni un atisbo de haberla. Guardamos el minuto de silencio al poco de abrirse la puerta de cuadrillas, a la vuelta del pase铆llo, para rendir tributo a los nuestros, a los que perdimos en el camino, al inigualable Manolo Cort茅s, a Pepe Ord贸帽ez y a la desesperante p茅rdida del ni帽o Adri谩n, que s贸lo pudo so帽ar con ser torero a sus 8 a帽os de edad. Morante abr铆a plaza. La primera de sus cuatro tardes. De capa se estir贸 para dentro, esa compleja contradicci贸n que nos vuelve enfermos de sus ver贸nicas. Apenas retazos para tirar de lo que llevamos en la memoria. Sali贸 el primero de Cuvillo de toriles con el pelo limpio, brillante, a tono para la ocasi贸n y nada m谩s salir del caballo anunci贸 que en el toreo no hay broma por muy guapos que nos pongamos en el tendido. A Lili le arroll贸 al salir del primer encuentro del caballo y la voltereta fue demoledora. No quer铆a caballo el Cuvillo, ni capote, desentendido. No hab铆a buenos presagios… Lo intent贸 Morante. Quiso Morante. Un par de tandas, un bonito cambio de mano antes de que el toro claudicara en su condici贸n de bravo y la espada se le atravesara al torero de La Puebla. Busc贸 el toreo con un cuarto que ten铆a sus cosas pero hab铆a que ir a busc谩rselas. Y ah铆 fue Morante, desprovisto de zapatillas, m谩s cerca de la madre tierra, para construir una faena corta pero de mucha protundidad. Igual no fue vistosa, de ol茅 f谩cil, pero tuvo muchos matices de torero bueno, profundo y con unas ra铆ces que dan sentido a esta locura de la tauromaquia. De los respetos en ese di谩logo entre toro y torero. Hundi贸 la espada, marr贸 con el descabello.

Chocolate y “Blanquito” se entendieron a la perfecci贸n en las dos varas. Eran los tiempos de Manzanares y decir esto aqu铆 son palabras mayores. Irrumpi贸 Roca Rey con el capote para quitar por chicuelinas y replic贸 Josemari con otro del mismo palo, pero con las manos muy bajas, acudi贸 el toro con cierto nervio y qued谩ndose por abajo. Fue el momento. El resto navegar. Irregular el toro en el 煤ltimo tercio, sin acabar de definirse, y en el mismo aire la faena del alicantino que remat贸 con rapidez y limpieza a espadas. El quinto tuvo repetici贸n y codicia. No hab铆a sido la t贸nica y lo supo Manzanares que no acab贸 de encontrar el ritmo al toro por el derecho, pero otra cosa fue al natural por donde el animal iba, adem谩s, con m谩s claridad. Ocurri贸 entonces que las dos tandas siguientes las goz贸 y para hacernos c贸mplice remat贸 con un cambio de mano que acabas en otro planeta. Cuando volvi贸 a la diestra trag贸 las desavencias del toro y esta vez no encontr贸 el espadazo a la primera, donde es rey. Pero Abril, la feria, se pone cara.

Con la 煤ltima carta en la mano, Roca Rey par贸 al sexto primero a una mano y de rodillas despu茅s. Se presum铆a incendio dentro del matador peruano. El honor le duele. Andaba el toro justo de fuerza y le falt贸 entrega despu茅s y transmisi贸n. El polo puesto del hurac谩n peruano.

Largo tuvo el cuello el tercero que era una pintura de toro. Remate, seriedad y unas hechuras preciosas. Con dos ver贸nicas y una media cruji贸 Sevilla. Las de Morante. Era el quite. Y a Roca Rey le cruji贸 el pecho. Pundonor que dicen. Y entonces se tom贸 sus tiempos y se fue al centro del ruedo y con el capote a la espalda, centrados todos de lleno, a pecho descubierto, cit贸 al toro. El quite tuvo la espectacularidad del que grita a los cuatro vientos que no est谩 dispuesto a dejarse ganar la pelea, a pesar de que le est茅n dando duro. L谩stima que el toro desistiera pronto de ella y se apagara y as铆 no hay guerra, ni victoria. Apenas nos quedaba ilusi贸n con un deslucido encierro, pero la feria en la que se anuncian cuatro tardes Manzanares y Morante y tres Roca se pon铆a al alza.

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