Victorino gana en taquilla y pierde en el ruedo

Domingo de Ramos. Toros de Victorino Martín, desiguales de presentación en conjunto. 1º, orientado; 2º, se queda por abajo por el derecho y humilla por el zurdo, al paso pero agradecido; 3º, peligroso; 4º, va y viene sin humillar y orientado; 5º, va y viene, incierto y sin acabar de definirse; 6º, sobrero de la ganadería de San Martín, noble pero le falta un tranco. Tres cuartos de entrada.

Iván Fandiño, de espuma de mar y oro, estocada trasera y baja, dos descabellos (silencio); pinchazo, estocada trasera (pitos).

Alberto Aguilar, de azul pavo y oro, media estocada (silencio); pinchazo, buena estocada, dos descabellos, dos avisos (saludos).

Gómez del Pilar, de azul y oro, que confirma alternativa, estocada (saludos); pinchazo, pinchazo hondo, estocada caída, aviso, dos descabellos (silencio).

¿Quién le iba a decir a Alberto Aguilar que acabaría matando uno de San Martín y en sexto lugar? Hay cosas de Madrid que no las remedia ni la nueva era Simón Casas. Victorino Martín arrasó en taquilla y pasó de puntillas por el ruedo. Ver Madrid así, con ese entradón valía oro. Tres cuartos largos de entrada, y en algunos tendidos apretados de veras. Fue la tarde del silencio descorazonador. El que tuvimos que guardar por la batalla perdida: la del pequeño Adrián y sus 8 años en manos del maldito cáncer. El dolor de los padres se nos hace universal. E insoportable.

Alberto Aguilar recibió un pitonazo en el pecho con el tercero y de ahí que tuviera que correr turno y se las viera con el sexto, perdió las manos el Victorino, pero no fue una cosa escandalosa como para que asomara el pañuelo verde. Un sobrero de San Martín muy astifino salió a escena. Y un pitonazo en el segundo encuentro al entrar a matar pudo haber cambiado en décimas de segundo el desenlace de la tarde. Fue generoso el destino. No la suerte con los aceros que desdibujó la faena de Alberto Aguilar. Tuvo las teclas precisas. Y se las encontró. El animal tenía el fondo de nobleza pero le faltaba un tranco y las arracadas contadas. En la media distancia, muy cruzado, en busca del pitón contrario, esperó Aguilar y ahí de uno en uno; así por ambos pitones. Si cambiaba el argumento se descomponía el toro y la faena.

Cerró el de San Martín la tarde de Victorino. A portagayola, ¡qué valor! esperó Gómez del Pilar a su primero, el toro de la confirmación. Y resolvió después, ya muleta en mano y tras la ceremonia, con un animal que tardó poco en orientarse y quedarse por debajo. Se las vio con un quinto, muy abierto de cara y lavado, muy ligero en las primeras arrancadas, desconcertante, inquietante, exigía tragar al Victorino para saber el desenlace, lo que iba pasar. Y ocurrió que fue toro muy irregular, mirón, pendiente siempre de la estela del torero, sabía minuto y resultado de dónde estaba y entretanto iba y venía. Gómez del Pilar no volvió la cara. Y ya era mucho.

Apretó el segundo Victorino en el caballo y tuvo comportamientos distintos en la muleta. La de Iván Fandiño. Se quedaba por abajo por el pitón derecho y descolgó por el izquierdo. Iba despacito, examinando el terreno, pidiendo los papeles a quien andaba por allí, de ahí la importancia, pero agradecido porque lo cogía por abajo y quería viajar. Hubo encuentros fugaces a la vuelta de la voluntad. Se desmonteró Jarocho con el quinto. Perfecto. No humilló nunca el animal, pasaba por ahí hasta que se fue orientando con pocas opciones de éxito.

El tercero le pidió la carta de valor a Alberto Aguilar que resolvió con agallas. Esas que tuvo Adrián frente a la vida. Y sin él morimos todos por dentro.

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