Votar por la unidad de España

Todos los presidentes electos acostumbran a usar una frase de manual después de una contienda electoral: «Seré el presidente de todos. De los que me han votado y de los que no». A buen seguro, después de las elecciones catalanas de este domingo, el ganador recurrirá a la trillada frase pero nunca habrá sonado tan hueca. Los últimos quince días de campaña han evidenciado una enorme brecha política en Cataluña y, en consecuencia, habrá una lectura inevitable del resultado de las urnas: el de una Cataluña vencedora y una Cataluña vencida.

El proyecto independentista que abanderan Artur Mas y Oriol Junqueras obligará mañana a elegir entre la unidad de España y la ruptura, entre la convivencia con el resto de pueblos españoles y entre la emancipación (con independencia de que pueda hacerse efectiva).

Miles de ciudadanos no pidieron escoger entre España y Cataluña, pero Mas ha llevado el asunto hasta las últimas consecuencias. Nadie duda a estas alturas de que hay mucho en juego a estas alturas y pocos atisban una salida al laberinto por el que transita la Cataluña soberanista.

Mas siempre ha presumido de jugársela en las urnas. Lo hizo en 2012, obteniendo un sonoro fracaso (retrocedió 12 diputados cuando confiaba en una mayoría absoluta). En esta ocasión, el líder de Convergència se ha lanzado a la carrera electoral con muchas más protecciones. Pertrechado con un nuevo artefacto electoral –la lista soberanista de Junts pel Sí– y refugiado como número 4 de la candidatura, el presidente de la Generalitat es el dirigente que más se juega, ya que está pendiente, nada más y nada menos, que de su reelección. La CUP –el aliado aparentemente imprescindible para que soberanismo continúe adelante con su proceso– promete no darle sus votos.

ERC, por su parte, sabrá este domingo si la decisión de dejarse engullir por el artefacto de Junts pel Sí fue acertada o no. Después de meses resistiéndose a la lista conjunta, Junqueras hincó la rodilla. Hoy continúa siendo una incógnita si los líderes acordaron un pacto secreto, tal y como muchos sospechan.

El bloque soberanista –y vencedor, según auguran las encuestas– se completa con la CUP, una formación asamblearia, anticapitalista e independentista que, con toda seguridad, verá incrementada su cuenta de diputados y que aspira a ostentar la llave de la gobernabilidad en Cataluña.

El resto de formaciones ha trabajado intensamente los últimos quince días. Su esfuerzo ha sido hercúleo y se ha centrado en Barcelona y su área metropolitana, donde habitan los electores durmientes, aquellos que sólo reaccionan a la llamada de unas elecciones generales.

El PP, que venía de muy atrás (6 diputados le daban las encuestas en verano) ha levantado la cabeza. Tiene a tiro al PSC e insiste en que puede convertirse, por primera vez, en la fuerza española de referencia en Cataluña. El papel, en realidad, parece reservado para Ciudadanos, una formación que ha conseguido alimentarse de los desencantados del PP y del PSC. La candidata de Ciutadans, Inés Arrimadas, es de las que está convencida de la posibilidad de que Junts pel Sí y la CUP pueden quedarse en la orilla de los 68 diputados (la mayoría en Cataluña) después de tres años nadando en las procelosas aguas del soberanismo. Arrimadas parece destinada a ser la jefa de la oposición pero, como siempre repite, sale a ganar el partido.

El cabeza de cartel de Catalunya Sí que es Pot –la marca que aglutina a Podemos e ICV–, Lluís Rabell, forma parte del duelo por convertirse en jefe de la oposición. Su campaña, asistida por Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, ha apelado continuamente a los orígenes españoles de muchos ciudadanos de Cataluña. Es pronto para saber si esta estrategia ha sido un éxito.

El mapa electoral lo completan PSC y Unió, los abanderados de una tercera vía en términos territoriales. Los socialistas han empleado toda la munición a su alcance. Pedro Sánchez, Felipe González, Susana Díaz, Josep Borrell. Todos han aparecido estos días por Cataluña para socorrer al esforzado Miquel Iceta.

Unió, finalmente, confía en no quedarse fuera del Parlament por primera vez. De hecho, sus diputados podrían resultar decisivos. Si lo son serán los primeros en decir que el 27-S no hubo vencedores ni vencidos.

Source: La Razón Portada

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